Un amigo nos contó, hace unos días, una anécdota sobre una conversación que había mantenido con un anciano en un pequeño pueblo de la región italiana de Piamonte:
«- Allí arriba los monjes llevan siglos haciendo una buena labor, comentaba aquel señor señalando al monasterio que se divisaba en lo alto de la montaña, y ¿sabe por qué? Pues es sencillo, porque sólo uno manda y los demás trabajan.
-En cambio aquí no hay forma de que las cosas funcionen, porque todos quieren mandar y ninguno trabajar»
Nuestro amigo nos aclaró que aquel señor se refería al negocio familiar que regentaban sus hijos, tras su jubilación. El lugareño debía pasar las horas, sentado allí en la parada, aprovechando para contar la misma historia a las personas que esperaban el paso del autobús.
Algo así puede estar sucediendo hoy en tantas instituciones que tienen dificultad para designar a sus líderes. Pasó hace unas semanas en las instituciones europeas, sucede con el gobierno de nuestro país y se repite el mismo problema en algunos parlamentos regionales. Todos quieren mandar sin recorrer el arduo camino del trabajo para alcanzar un liderazgo consistente, de ahí que todos las estrategias estén condicionadas por negociar en primer lugar los «sillones» y luego ya se verá.
En la actualidad todo sucede a gran velocidad, estamos en un momento de «hipercomunicación». Todos nos lanzamos a comunicar y nuestros responsables políticos tampoco escapan a esta tendencia. Existe una obsesión convulsiva por contarlo todo, al instante y de forma pública. Según Dominique Wolton existen tres razones principales que generan esa necesidad de comunicar: para compartir, con el honesto deseo de poner en común el conocimiento; por seducir, cuestión inherente a las relaciones humanas y sociales; y, por convicción, justificando nuestras creencias y respondiendo a las objeciones. Esa segunda razón, la de seducir, alcanzando en algunos casos el grado de manipulación, puede que sea en estos momentos la prioritaria, quedando las dos restantes supeditadas a esta intención.
Si consideramos que la información es poder, traducción popular de la expresión de Francis Bacon «knowledge is power», podríamos entender que existe cierta contradicción entre el interés por mantener el poder, salvaguardando la información, y el afán por comunicar, compartiendo este conocimiento y por ende el poder.
Continuando con mi reflexión voy a intentar salir de este jardín, aunque podría asemejarse mejor a una selva espesa con todos los frentes que he abierto. Las reglas de la democracia, soportadas sobre el presupuesto de la soberanía popular, exigen que la sociedad valore y elija a sus representantes, por lo que éstos tendrán que darse a conocer a través de todos los medios posibles. Esta exigencia conlleva generar mucha información de los candidatos, que tienen que mostrar sus competencias, y al mismo tiempo han de ganarse la confianza del mayor número posible de personas. Según Amy Cuddy, psicóloga de Harvard, éstas son las dos cuestiones a las que han de responder: el respeto, que depende de sus fortalezas, y la confianza, sin la cual no valorarán sus competencias.
En la teoría clásica sólo se concebía el conocimiento íntimamente unido a la verdad, la información albergaba datos que tras un proceso de investigación y verificación daban como resultado un determinado conocimiento, sin embargo hoy se generan hipótesis que se dan por ciertas y con posterioridad se construye la argumentación, como un traje elaborado a «conveniencia» que le da veracidad, lo que conocemos con el término de «post-verdad».
También me llaman la atención fenómenos que tienen la capacidad de generar confianza, capaces de movilizar masas heterogéneas de personas, sin que exista soporte específico sobre un conocimiento científico propio más allá de «consignas ideológicas» determinadas. Por ejemplo, el caso de Greta Thunberg, activista sueca de 16 años, que ha generado el movimiento «Fridays for Future», extendido por todo el mundo, y le ha llevado a pronunciar emotivos discursos en la Conferencia COP24 para el Cambio Climático de las Naciones Unidas o ante los líderes de la Unión Europea.
Esto me lleva a concluir que todos quieren participar en la carrera con el único objetivo de mandar en la meta, sin llevar a cabo el trabajo exigente que supone un entrenamiento propio de los deportistas de élite. En la «foto finish», a la que tenemos que recurrir para encontrar al líder, observamos que muchos participantes han perdido la pátina que les hacía brillar, dejando al descubierto esa falta de capacidad que sólo puede ser consecuencia del trabajo, quedando patente su obsesión por comunicarnos meras ilusiones con la única intención de ganarse nuestra confianza para poder mandar.
