GOBERNANZA Y LIDERAZGO COLECTIVO

En estos tiempos todo sucede a la «velocidad de un tweet», a veces de forma tan irreversible que han tenido que modificar las pautas de publicación para poder darnos una segunda oportunidad, antes de perpetuar nuestro mensaje en la universalidad de internet.

Hoy se nos exige a todos ser versátiles, creativos, comunicativos, líderes, etc. Además, en cualquier instante, asumiendo toda la responsabilidad , con total transparencia, honestidad y corrección política. Se nos exige, y exigimos, lo imposible: dejar de ser personas para convertirnos en seres perfectos, en todo momento, y esto no es sostenible en el tiempo para ningún ser humano. Nadie podría superar la prueba del algodón, siempre y en todo.

Sobre esta cuestión hablaba ayer con dos amigos, grandes profesionales y grandes personas, ambos con responsabilidades al frente de departamentos importantes en el ámbito de las administraciones públicas. Nos preguntábamos si era posible, hoy en día, opinar con honestidad sin dejar de ser políticamente correcto. Una persona es honesta cuando actúa según sus convicciones y es transparente cuando muestra cuales son estos principios que rigen su comportamiento, para que su actuación pueda ser evaluada. ¿Qué sucede, entonces, cuando en el seno de la sociedad, o de un colectivo, nos quedamos sin el espacio suficiente de confluencia que nos permita a todos los individuos ser honestos, transparentes y políticamente correctos, lo que se supone no faltar al respeto al mismo tiempo?

Una sociedad no es sostenible sin un espacio amplio donde todos sus miembros puedan actuar, relacionarse y opinar con honestidad. En sociedades donde los individuos tienen comportamientos similares y objetivos comunes la convivencia es relativamente sencilla y las condiciones del líder son claras. La dificultad surge cuando la sociedad está fragmentada, es heterogénea y ni siquiera existen unos principios mínimos de acuerdo sobre “lo que es bueno para el conjunto”. En una sociedad dominada por el relativismo es complicado encontrar una fórmula viable para la gobernanza, porque los círculos de consenso se reducen prácticamente al nivel de individuo o de colectivo ideológico. Actualmente nos encontramos bastante próximos a este segundo escenario y, en dicho contexto, es complicado que surja un líder, reconocido por todas las partes, capaz de establecer unas líneas claras de gobierno que puedan ser asumidas en su totalidad. Quizás este sea el momento de avanzar en la dirección del liderazgo colectivo.

Se acaba de ratificar el nombramiento de Ursula von der Leyen, primera mujer que liderará el proyecto común europeo, como presidenta de la Comisión Europea. Sus primeras palabras, tras la votación de la Eurocámara, podrían interpretarse en esa dirección de liderazgo colectivo: «Me siento abrumada por la gran responsabilidad. Mi trabajo empieza ahora y trabajaremos juntos de manera constructiva porque se trata de conseguir una Europa fuerte y unida». Su nombramiento ha sido el resultado de unas jornadas de negociación maratonianas, llevadas a cabo por los líderes políticos de los países que forman la UE. Al final se consiguió llegar a un acuerdo de las partes, equilibrando representación de soberanías nacionales y representación de grupos políticos, según el resultado de las elecciones, donde se propusieron los nombres para los principales cargos de la política europea.

Debería considerarse un liderazgo claro, técnicamente hablando, pues está sustentado, en primer lugar, por la propuesta consensuada entre los representantes de los 28 Estados miembros y, en segundo lugar, ratificado por 383 votos a favor, entre las 733 papeletas depositadas en la urna. Sin embargo, ya se está cuestionando su capacidad, para este liderazgo colectivo, alegando como «debilidades»: su inaccesible carácter, a pesar de su esfuerzo por mostrarse integradora; su sonrisa congelada, que según fuentes de los periodistas aseguran que no es innata; su peinado perfecto; o su falta de apoyo unánime en la Eurocámara, cuando su antecesor recabó un 56,2% de los apoyos frente al 52,25% de ella. Frente a estos aspectos destacan, al mismo nivel de importancia, sus «fortalezas» para el gobierno: como son su formación, habiendo realizado cursos de Matemáticas, Economía y Arqueología, licenciada en Medicina en Hannover, su estancia en universidades del prestigio de la London School of Economics y Stanford, junto con el conocimiento de varios idiomas, además del alemán, habla francés, inglés y neerlandés; experiencia, doctora asistente en un clínica para mujeres, responsable de la cartera de Mujer, Familia y Salud en Baja Sajonia, ministra de Asuntos Familiares, ministra de Trabajo y actualmente desempeñaba la responsabilidad de ministra de Defensa; o el bagaje vital, conciliando junto con su esposo la responsabilidad de educar a siete hijos.

Como conclusión, ateniéndome a la información sobre la nueva presidenta de la Unión Europea, considero que estamos ante un nuevo ejemplo de empoderamiento de la mujer, un matiz positivo en el contexto actual, su esfuerzo por mostrarse integradora constituye otro punto a sumar en su favor y parecen innegables su honestidad y capacidad de trabajo, cualidades que la han hecho merecedora por parte de los medios de comunicación de sus país del calificativo Wünderfrau (Mujer maravilla). Por tanto, albergo la esperanza de encontrarnos ante una nueva etapa que podría ir en la dirección del liderazgo colectivo que, en un contexto actual tan diverso, podría ser la solución para una gobernanza sostenible.

Publicado por Sostenibilidad Vital

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