LA FRUSTRACIÓN NO ES EL FINAL, NI ALGO EXCEPCIONAL.

Es un estado de total normalidad en nuestra vida cotidiana. ¿Acaso es realista pensar que podemos ser los mejores todo el tiempo? 

La realidad no depende de cómo la percibimos cada persona, aunque es cierto que sí importa nuestra percepción para ser capaces de gestionarla de acuerdo con nuestros intereses. 

El entorno proporciona la medida del éxito, si nos referimos al conjunto de la sociedad o en la vida profesional, y puede ser determinante del grado de frustración. En cambio cuando hablamos de entorno familiar o de nuestro propio crecimiento personal, en especial lo que a nuestra vida interior se refiere, este parámetro cambia de forma muy favorable. Recordemos la expresión budista “no es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita”.

Para gestionar esta influencia del entorno, que normalmente tendrá una importante componente emocional, es fundamental haber entrenado previamente la fortaleza que se cultiva durante nuestro crecimiento en el núcleo familiar y conforme vamos desarrollando una interioridad potente. Según sean más compactas estas raíces más resistencia vamos a presentar cuando se generen las tempestades en la superficie.

La frustración es una consecuencia de no asumir que tenemos unas limitaciones, inherentes a nuestra naturaleza humana. Es conveniente reconocer que la perfección no se alcanza nunca, manteniendo domado nuestro orgullo, aunque sí podemos alimentar una ambición sana, enfocada hacia una referencia concreta, que nos sirva para ir alcanzando distintos grados de excelencia. No se trata de estar constantemente comparándonos con los demás sino de trabajar para lograr el “objetivo”.

A veces percibimos la meta al alcance de nuestra mano y por la precipitación nos metemos de lleno en el charco que había justo a nuestros pies. No parece profundo y no debería suponer una barrera infranqueable pero puede embarrarnos y no ser capaces de salir en un tiempo prudente, incluso podríamos quedarnos ahí, revolcándonos en el envolvente lodo, olvidando el hito que perseguíamos.

Tranquilidad y paciencia. Si fuera necesario, no dudar en aceptar la mano que nos tienden con la firme decisión de recuperar el camino y poner atención para continuar.

Seguiremos avanzando con confianza fortalecida y con la esperanza de poder saltar la próxima vez o ser capaces de rodear el charco. Y, si no fuera así, ¡aprovechar la experiencia para salir antes! La frustración, como los charcos en el camino, no es algo excepcional y mucho menos debe ser el final de nada.

Publicado por Sostenibilidad Vital

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