En todos los ámbitos de la vida nos enfrentamos a negociaciones, algunas personales y cotidianas para adquirir hábitos saludables, y otras que pueden afectar incluso al orden mundial, como el último acuerdo del consejo de seguridad de la ONU. El caso es que negociar es intrínseco al respirar y, sin embargo, requiere un arte para el que no siempre estamos preparados.
Comparto esta reflexión tras superar una semana donde he estado algunos días “fuera de combate”, todo por una afección bastante común como es un simple vértigo cuyas causas no están claras, me cuentan que puede ser un problema de cervicales, que puede estar relacionado con el oído o ser la derivada de una crisis de tensión no resuelta de forma adecuada. El caso es que hace un par de sábados, al levantarme, todo comenzó a girar a mi alrededor, sin posibilidad de control ante una situación sobrevenida que no admitía negociación alguna.
Durante este tiempo, en el desarrollo del episodio que fue tornando a serie por su excesiva duración, mi movilidad ha estado bastante limitada, sin embargo, he ganado tiempo para el trabajo sosegado, la lectura profunda y una práctica de la paciencia, virtud que nunca está de más cultivar. A propósito de uno de los libros de cabecera que tengo entre manos, “El valor de la escucha para el buen gobierno” de Jaime Sanz Santacruz, acudieron a mi memoria vivencias de negociaciones antiguas afrontadas con intensidad, algunas sobre cuestiones que tendrían cierta relevancia entre personas cercanas.
No voy a entrar en detalles más allá de compartir algunas conclusiones que puedan ser de utilidad. En primer lugar, hay un límite infranqueable que nunca se debería rebasar y es el respeto a la dignidad, como derecho inherente e inalienable de la persona simplemente por el hecho de ser humana, reconocida por el Tribunal Constitucional como valor jurídico fundamental, espiritual y moral. Habrá atributos a los que este concepto se les asigne por extrapolación como el salario, la vivienda o las condiciones de vida, pero dignas solo son las personas y estas son las que pueden revestir de dignidad el resto de aspectos relacionados con su vida, con independencia de su cuantía o valor.
Otra cuestión que no es negociable por simple mayoría son las reglas del juego ni los límites del “tablero”. Siempre debemos asignar un marco, al que es recomendable llegar por consenso, y establecidos estos márgenes acordar entre las partes la forma de jugar. Es importante clarificar conceptos antes de dar el pistoletazo de salida porque después, mientras discurre la carrera hacia la meta no se puede perder el tiempo en discutir si unas actitudes son más “populistas” o simplemente “emocionales”, pues al fin y al cabo son distintas formas de expresar un mismo sentimiento y ahí no debería estar el objeto de la negociación.
Para concluir, volviendo al libro del buen gobierno, será fundamental mantener en todo momento el agradecimiento a la escucha, la generosidad en el ceder, la humildad del poder y el servicio de quien tiene la autoridad.
