Esta semana leía una entrevista de Raquel C. Pico a Kristen Ghodsee, a raíz de su último libro “Utopías cotidianas”, y algunas de sus afirmaciones me han ido martilleando en distintas situaciones que se sucedían en los días posteriores.
La antropóloga hace referencia a formas de vida que han perdurado a lo largo de los siglos, que siguen siendo una alternativa para un exiguo porcentaje de las personas que poblamos el mundo siendo una absoluta utopía para la inmensa mayoría.
Entre otros ejemplos hace alusión a la vida monástica de clausura y otras formas vida contemplativa, alejadas del mundanal ruido, ajenas a la hiperconectividad actual y sumidas en un silencio que hoy nos resulta prácticamente inalcanzable. Son formas de vida mantenidas a lo largo de los siglos, que bajo la apariencia de una involución son, sin embargo, alternativas elegibles por algunos nativos digitales en la actualidad.
Otro ejemplo de utopía necesaria en cualquier equipo humano, ya sea empresarial, deportivo o en el seno familiar, es la de estas personas optimistas que ante la polarización, el entorno catastrofista, la presión del consumo o la necesidad del éxito social, son capaces de mantener su optimismo y contagiarlo a su entorno más cercano. La mayoría podemos caer en el error de etiquetarlos de ingenuos al tiempo que sentimos envidia porque lejos de beber en la ignorancia se alimentan de una sana y necesaria esperanza, conscientes de las dificultades, teniendo claro que no todo el mundo alcanza la cima y a pesar de ello, pueden encontrar la felicidad mientras la vida discurre zigzagueante por la ladera hasta culminar los puertos que van cruzando en su trayectoria.
Y mientras le sigo dando vueltas a estas utopías me llega la reseña de una conferencia de García-Maiquez titulada: “¿Es posible la nobleza de espíritu en la empresa?” Yo respondo, sí, es posible que en este entorno sea más aún la “rara avis” de las utopías cotidianas pero estoy seguro que alguna vez nos hemos encontrado personas así, incluso diría que no solo en las empresas sino entre la clase política con responsabilidades de gobierno. En fin, quiero mantenerme en es número reducido que apuesta por la esperanza. Con esta esperanza, que me esfuerzo en seguir alimentando, intento reponerme a los achaques manteniendo algunos retos para desafiar las estadísticas, con mucha ilusión y espero que no demasiada ingenuidad, me enfrentaré un año más a la RDLF (ruta de las fortalezas), sudaré los cincuenta kilómetros que recorren algunas de las baterías de costa que rodean Cartagena y, sin compararme con los que alcanzan el techo del mundo, seré feliz al vivir una de mis pequeñas utopías cotidianas.
