Como cada cierto tiempo vuelvo a la carga con mis reflexiones, inspiradas la mayoría en la lectura y otras muchas en conversaciones que surgen o entrevistas que escucho.
En 2019 comencé es «blog» que, como los ojos del Guadiana, está salpicado de entradas interrumpidas durante meses. Es un paso angosto que decidí atravesar y que con el
tiempo ha ido derivando en una rutina menos exigente, a través de redes sociales,
usando como hashtag el mismo nombre, #sostenibilidadvital y de esta forma sigo
perseverando con el objetivo de tender puentes que puedan ser de ayuda para ir
sorteando escollos mientras vamos atravesando el valle de nuestras respectivas
vidas ordinarias.
En la más común de las monotonías que puedan caracterizar nuestras vidas, si
ponemos atención y dedicamos tiempo, descubrimos matices de verdes intensos y
colores, como los de esta primavera, que inundan las llanuras más yermas ante
nuestra incrédula mirada mientras recorremos el camino.
Es importante que este placer efímero no nos lleve a relajarnos, ni a conformarnos con
admirar la excelencia ajena, y seamos capaces de centrarnos en esas “virtudes
minúsculas” que elogia Marina van Zuylen en su ensayo de filosofía contemporánea,
con referencias a Marcel Proust, Antón Chéjov y Samuel Beckett .
La discreción, la paciencia, y la capacidad de sentir alegría por la felicidad ajena
son virtudes que no buscan reconocimiento ni protagonismo y, sin embargo, son
vitales para la vida cotidiana y el buen funcionamiento de un equipo humano. Es
fundamental que cada persona sienta que escuchada con atención, que perciba que
se la toma en serio, incluso cuando estemos en descuerdo o nos enfrente a preguntas
desafiantes.
Debemos mantener una disposición responsable a cambiar de opinión, a aprender con
humildad, a respetar posiciones contrarias en el marco de un verdadero diálogo
porque nuestra mirada es imperfecta aun cuando nos acercamos a la verdad y no sólo
tenemos la misión de resolver los problemas sino de valorar a las personas que nos
acompañan en la travesía por el valle. La eficacia es importante pero debemos ir más
allá y valorar la cotidianeidad y los actos ordinarios, huyendo de la obsesión por la
perfección y el éxito, resistiendo la presión social, para ser capaces de mantener la
esencia del servicio de forma generosa y contenida, elogiando la mesura de una vida
aparentemente mediocre pero real, en una apuesta por resaltar la supremacía de la
vida interior sobre la exterior.
Estas virtudes minúsculas son los pilares que nos ayudan a mantener el esfuerzo
por dar lo mejor de nosotros, perseverar en el éxito del equipo sin necesidad de
mantenernos siempre en el podio, mantener la motivación por el trabajo cotidiano sin
aparente brillo pero con una adecuada eficacia y motivación, recordando el lema de
Beckett «Inténtalo de nuevo. Fracasa otra vez. Fracasa mejor» y levantándose para
comenzar de nuevo.
