Hace unos días llevaba a mi hija menor a la estación de tren, para retomar su actividad académica en la universidad tras las vacaciones de Navidad. Antes de despedirnos me confesó que echaba de menos esas reflexiones que subo de vez en cuando a mi blog de “sostenibilidad vital” o comparto en distintas redes sociales.
Asentí, pensando que quizás me había frenado el ruido del momento, donde todo el mundo opina y nadie escucha. Antes de que bajara del coche la animé a “comerse el mundo” y de con su frescura característica me respondió: “es complicado, la realidad es muy cruda”. “Pues entonces habrá que cocinarlo para digerirlo mejor”, continué yo con el símil culinario.
A la vuelta hacia casa fui dándole vueltas a nuestra despedida y pensé que era el momento de volver a escribir. Aunque solo fuera por “cocinar” de alguna manera los “ingredientes” que nos había deparado el final de año y tratar de reunir buen “acopio de provisiones”.
Lo que venía siendo la Navidad hace ya algunos años, ese periodo de calma donde nos reuníamos en familia para celebrar la Buena Nueva, ha derivado en una competición frenética donde rivalizan las ciudades, las empresas, las instituciones y las personas… a ver quién reúne más comidas, cenas y actividades diversas en sus calendarios festivos.
Qué lejos queda la meditación de las “Ferias Mayores”, donde la Liturgia nos brinda entre el 17 y el 24 de diciembre enseñanzas sobre el origen de la Sabiduría, el señorío de la Libertad auténtica, la raíz de la Humildad, la verdadera Autoridad, la Luz que ilumina de forma veraz nuestra inteligencia, la piedra angular de la Magnanimidad real, para culminar con la manifestación de la auténtica Humanidad de Dios que se hace presente en nuestra vida.
Con la mente entretenida en estos discernimientos tomo conciencia de que el tiempo de Navidad ha llegado a su final que, a diferencia de lo que piensa la mayoría, no terminó con la devolución de los regalos que resultaron inoportunos, sino el domingo siguiente de la Epifanía ante los tres Sabios de Oriente. Y aquí estamos, en víspera de comenzar la primera semana laboral completa, después de tantas fiestas, y a ocho días del “Blue Monday”, que se considera el día más triste del año al asociarse con el frío, la percepción de las deudas acumuladas tras las fiestas y la frustración por los propósitos de Año Nuevo que comienzan a ser incumplidos.
Y ahora, este panorama de impotencia personal se agrava aún más con el desmoronamiento de un orden mundial que parecía sólido y de pronto ha quedado eclipsado. La inseguridad sobre la eficacia del derecho internacional ha virado a frágil equilibrio entre áreas de influencia provocando escenarios que cambian cual tramoya de un teatro bajo la dirección de directores iluminados. Y entre acto y acto, surgen resquicios de “gratitud”, porque sin justificar la formas ni ser lícitos los medios empleados, a veces se llega a los fines inesperados apareciendo la justica para personas que habían perdido toda esperanza.
Ante este galimatías, siempre nos queda la opción de la “escucha” de la palabra que conduce al fruto de la sabiduría y cultiva la verdadera humildad. Solo así, ejerciendo la libertad más sagrada y dejándonos iluminar por la luz auténtica, nuestra inteligencia podrá recuperar la “confianza” en la autoridad más magnánima.
