GRATITUD, ESCUCHA Y CONFIANZA

Hace unos días llevaba a mi hija menor a la estación de tren, para retomar su actividad académica en la universidad tras las vacaciones de Navidad. Antes de despedirnos me confesó que echaba de menos esas reflexiones que subo de vez en cuando a mi blog de “sostenibilidad vital” o comparto en distintas redes sociales.

Asentí, pensando que quizás me había frenado el ruido del momento, donde todo el mundo opina y nadie escucha. Antes de que bajara del coche la animé a “comerse el mundo” y de con su frescura característica me respondió: “es complicado, la realidad es muy cruda”. “Pues entonces habrá que cocinarlo para digerirlo mejor”, continué yo con el símil culinario.

A la vuelta hacia casa fui dándole vueltas a nuestra despedida y pensé que era el momento de volver a escribir. Aunque solo fuera por “cocinar” de alguna manera los “ingredientes” que nos había deparado el final de año y tratar de reunir buen “acopio de provisiones”.

Lo que venía siendo la Navidad hace ya algunos años, ese periodo de calma donde nos reuníamos en familia para celebrar la Buena Nueva, ha derivado en una competición frenética donde rivalizan las ciudades, las empresas, las instituciones y las personas… a ver quién reúne más comidas, cenas y actividades diversas en sus calendarios festivos.

Qué lejos queda la meditación de las “Ferias Mayores”, donde la Liturgia nos brinda entre el 17 y el 24 de diciembre enseñanzas sobre el origen de la Sabiduría, el señorío de la Libertad auténtica, la raíz de la Humildad, la verdadera Autoridad, la Luz que ilumina de forma veraz nuestra inteligencia, la piedra angular de la Magnanimidad real, para culminar con la manifestación de la auténtica Humanidad de Dios que se hace presente en nuestra vida.

Con la mente entretenida en estos discernimientos tomo conciencia de que el tiempo de Navidad ha llegado a su final que, a diferencia de lo que piensa la mayoría, no terminó con la devolución de los regalos que resultaron inoportunos, sino el domingo siguiente de la Epifanía ante los tres Sabios de Oriente. Y aquí estamos, en víspera de comenzar la primera semana laboral completa, después de tantas fiestas, y a ocho días del “Blue Monday”, que se considera el día más triste del año al asociarse con el frío, la percepción de las deudas acumuladas tras las fiestas y la frustración por los propósitos de Año Nuevo que comienzan a ser incumplidos.

Y ahora, este panorama de impotencia personal se agrava aún más con el desmoronamiento de un orden mundial que parecía sólido y de pronto ha quedado eclipsado. La inseguridad sobre la eficacia del derecho internacional  ha virado a frágil equilibrio entre áreas de influencia provocando escenarios que cambian cual tramoya de un teatro bajo la dirección de directores iluminados. Y entre acto y acto, surgen resquicios de “gratitud”, porque sin justificar la formas ni ser lícitos los medios empleados, a veces se llega a los fines inesperados apareciendo la justica para personas que habían perdido toda esperanza.

Ante este galimatías, siempre nos queda la opción de la “escucha” de la palabra que conduce al fruto de la sabiduría y cultiva la verdadera humildad. Solo así, ejerciendo la libertad más sagrada y dejándonos iluminar por la luz auténtica, nuestra inteligencia podrá recuperar la “confianza” en la autoridad más magnánima.

ATRAVESANDO EL VALLE DE LA «MEDIOCRIDAD».

Como cada cierto tiempo vuelvo a la carga con mis reflexiones, inspiradas la mayoría en la lectura y otras muchas en conversaciones que surgen o entrevistas que escucho.
En 2019 comencé es «blog» que, como los ojos del Guadiana, está salpicado de entradas interrumpidas durante meses. Es un paso angosto que decidí atravesar y que con el
tiempo ha ido derivando en una rutina menos exigente, a través de redes sociales,
usando como hashtag el mismo nombre, #sostenibilidadvital y de esta forma sigo
perseverando con el objetivo de tender puentes que puedan ser de ayuda para ir
sorteando escollos mientras vamos atravesando el valle de nuestras respectivas
vidas ordinarias.
En la más común de las monotonías que puedan caracterizar nuestras vidas, si
ponemos atención y dedicamos tiempo, descubrimos matices de verdes intensos y
colores, como los de esta primavera, que inundan las llanuras más yermas ante
nuestra incrédula mirada mientras recorremos el camino.
Es importante que este placer efímero no nos lleve a relajarnos, ni a conformarnos con
admirar la excelencia ajena, y seamos capaces de centrarnos en esas “virtudes
minúsculas” que elogia Marina van Zuylen en su ensayo de filosofía contemporánea,
con referencias a Marcel Proust, Antón Chéjov y Samuel Beckett .
La discreción, la paciencia, y la capacidad de sentir alegría por la felicidad ajena
son virtudes que no buscan reconocimiento ni protagonismo y, sin embargo, son
vitales para la vida cotidiana y el buen funcionamiento de un equipo humano. Es
fundamental que cada persona sienta que escuchada con atención, que perciba que
se la toma en serio, incluso cuando estemos en descuerdo o nos enfrente a preguntas
desafiantes.
Debemos mantener una disposición responsable a cambiar de opinión, a aprender con
humildad, a respetar posiciones contrarias en el marco de un verdadero diálogo
porque nuestra mirada es imperfecta aun cuando nos acercamos a la verdad y no sólo
tenemos la misión de resolver los problemas sino de valorar a las personas que nos
acompañan en la travesía por el valle. La eficacia es importante pero debemos ir más
allá y valorar la cotidianeidad y los actos ordinarios, huyendo de la obsesión por la
perfección y el éxito, resistiendo la presión social, para ser capaces de mantener la
esencia del servicio de forma generosa y contenida, elogiando la mesura de una vida
aparentemente mediocre pero real, en una apuesta por resaltar la supremacía de la
vida interior sobre la exterior.
Estas virtudes minúsculas son los pilares que nos ayudan a mantener el esfuerzo
por dar lo mejor de nosotros, perseverar en el éxito del equipo sin necesidad de
mantenernos siempre en el podio, mantener la motivación por el trabajo cotidiano sin
aparente brillo pero con una adecuada eficacia y motivación, recordando el lema de
Beckett «Inténtalo de nuevo. Fracasa otra vez. Fracasa mejor» y levantándose para
comenzar de nuevo.

¿Y SI EL ORDEN FUERA LA VERDADERA ESTRATEGIA?

En matemáticas aprendimos el significado de la propiedad conmutativa: el orden de los factores no altera el resultado de la operación. Esta característica la cumplen la suma y el producto, en cambio hay operaciones más complejas donde el orden sí importa y las consecuencias de no respetarlo pueden ser muy negativas.

Estamos en un mundo donde se persigue el impacto inmediato, donde los plazos se colocan por delante de los objetivos, donde se nos olvida aprovechar el camino y nos obsesiona la meta. Es entonces cuando nos vendría bien dejarnos guiar por la sabiduría de nuestro refranero popular: “Vísteme despacio, que tengo prisa”. Este dicho popular nos recuerda que, cuando hay urgencia, lo mejor es actuar con calma, guardando un orden adecuado que nos permita trabajar con rigor.

Estrategia: no basta con tener el plan correcto

Diseñar un buen plan es solo el primer paso. La clave muchas veces reside en cómo se estructura, en qué orden se ejecuta, cuando finaliza cada parte y llega el momento de dar el siguiente paso. El primer paso está siempre en obtener un buen diagnóstico como inicio del proceso previo a una planificación coherente que nos lleve a multiplicar las probabilidades de éxito.

Con la irrupción de la inteligencia artificial se pueden ahorrar muchos recursos y acortar plazos, pero una vez más es importante el orden. Según un estudio realizado por el MIT Media Lab, bajo la dirección de la investigadora Nataliya Kosmyna, el uso continuado de la IA desde el inicio del proyecto creativo puede generar una reducción de hasta un 47% en la conectividad neuronal, incluso extender esta pasividad de la actividad cerebral durante un periodo de tiempo posterior, por lo tanto es importante mantener el orden al trabajar con esta herramienta y evitar que no sustituya nuestro pensamiento propio.

Conversaciones vs mailing: el poder del “cara a cara”

En un entorno saturado de correos electrónicos y mensajes masivos, las conversaciones auténticas se convierten en un bien escaso. Para establecer un buen diagnóstico es fundamental mantener conversaciones, algo extensible a todos los ámbitos: médico-paciente, director-colaborador, investigador-encuestado, etc. Es fundamental obtener información cualitativa que nos ayude a interpretar los datos cuantitativos. Una vez más es importante el orden y no saltarnos este paso porque como insiste Álvaro González-Alorda en The Talking Manager, “una conversación se parece más a una multiplicación que a una suma; tiene que ver más con el nosotros que con el yo e implica la fecundación de planteamientos frente a la estéril yuxtaposición de puntos de vista.”

Mantén la calma para seguir avanzando

Recordando la clásica expresión anglosajona “keep calm and carry on”, concluyo mi reflexión con la esperanza de ser capaz de aplicarme en la importancia del orden. Ir despacio para seguir avanzando, escuchar a las personas para entender sus necesidades, son pasos imprescindibles previos al desarrollo de la planificación y los proyectos. Debemos huir del “copia y pega” que es una situación muy común provocada por la urgencia de los promotores en la obtención de un resultado inmediato, derivado de un proceso de “benchmarking” sin tener en cuenta que cuando hablamos de personas, de territorios, de tradiciones o de cultura, el orden de los factores sí altera el resultado.

¿CÓMO GESTIONAS TU «DAFO»?

Una persona de costumbres puede sucumbir al desorden, la fuerza de voluntad no siempre es sinónimo de perseverancia, las personas somos individuos complejos con entornos cambiantes. Estas realidades pueden ser gestionadas a nivel personal aplicando herramientas sencillas de la planificación estratégica, como el clásico diagrama DAFO. Se trata de comenzar identificando algunas de nuestras debilidades habituales, amenazas comunes, fortalezas que debemos trabajar y oportunidades que a veces se distinguen en el horizonte.

Hace unos días leía un artículo que describía un ejemplo muy pedagógico para explicar la importancia del contexto: sin moverse del sitio, el profesor retó a toda la clase a lanzar bolas de papel, intentando encestar en una papelera colocada sobre su mesa. Como podemos imaginar, la proporción de canastas disminuía exponencialmente según se hacían lanzamientos desde filas más lejanas. Entonces, propuso formar un círculo, colocando en el centro la papelera, ahora las condiciones de contorno eran comunes, solo dependían de su habilidad personal. A veces puede estar en nuestra mano movernos, para amortiguar las amenazas o favorecer las oportunidades, en cambio, lo que sí dependerá siempre de nosotros es desarrollar la actitud que nos ayude a transformar la debilidad en fortaleza.  

El hábito es la base de la virtud, y entre ellas considero prioritaria trabajar la confianza. Este valor que pertenece al ámbito de la moral, supone una disposición interior que fomenta la seguridad y la apertura hacia los demás. De hecho, en la lengua inglesa tenemos dos términos diferentes para expresarla: confidence, cuando nos referimos a la seguridad interior en nosotros mismos; o trust, en referencia a esa apertura hacia los demás. El primer paso para adentrarnos en nuestro DAFO requiere conocer nuestro potencial interior, nuestra capacidad como persona única e irrepetible, fomentar esta confianza que nos ayude a recorrer nuestro propio camino de la debilidad a la fortaleza.   

Unida a la confianza, conviene practicar la paciencia, que es herramienta fundamental al atravesar periferias inciertas, superando infinidad de amenazas mientras buscamos las ansiadas oportunidades. Esta virtud moral, relacionada con la fortaleza, implica resistir con serenidad las dificultades, el dolor o la espera.

Byung-Chul Han, premio Princesa de Asturias 2025 de Comunicación y Humanidades,  nos recuerda que en un mundo obsesionado con la rapidez y el rendimiento, la confianza y la paciencia son recursos estratégicos en el desarrollo personal y en el trabajo en equipo. En  Aroma del tiempo (2009) afirma que “la paciencia es una forma de resistencia al tiempo acelerado” y en La sociedad de la transparencia (2012), alerta del peligro de una cultura dominada por una desmedida “transparencia que anula la confianza”, superando el muro del pudor más íntimo de la persona, intentando conquistar su alma.

UTOPÍAS COTIDIANAS

Esta semana leía una entrevista de Raquel C. Pico a Kristen Ghodsee, a raíz de su último libro “Utopías cotidianas”, y algunas de sus afirmaciones me han ido martilleando en distintas situaciones que se sucedían en los días posteriores.

La antropóloga hace referencia a formas de vida que han perdurado a lo largo de los siglos, que siguen siendo una alternativa para un exiguo porcentaje de las personas que poblamos el mundo siendo una absoluta utopía para la inmensa mayoría.

Entre otros ejemplos hace alusión a la vida monástica de clausura y otras formas vida contemplativa, alejadas del mundanal ruido, ajenas a la hiperconectividad actual y sumidas en un silencio que hoy nos resulta prácticamente inalcanzable. Son formas de vida mantenidas a lo largo de los siglos, que bajo la apariencia de una involución son, sin embargo, alternativas elegibles por algunos nativos digitales en la actualidad.

Otro ejemplo de utopía necesaria en cualquier equipo humano, ya sea empresarial, deportivo o en el seno familiar, es la de estas personas optimistas que ante la polarización, el entorno catastrofista, la presión del consumo o la necesidad del éxito social, son capaces de mantener su optimismo y contagiarlo a su entorno más cercano. La mayoría podemos caer en el error de etiquetarlos de ingenuos al tiempo que sentimos envidia porque lejos de beber en la ignorancia se alimentan de una sana y necesaria esperanza, conscientes de las dificultades, teniendo claro que no todo el mundo alcanza la cima y a pesar de ello, pueden encontrar la felicidad mientras la vida discurre zigzagueante por la ladera hasta culminar los puertos que van cruzando en su trayectoria.

Y mientras le sigo dando vueltas a estas utopías me llega la reseña de una conferencia de García-Maiquez titulada: “¿Es posible la nobleza de espíritu en la empresa?” Yo respondo, sí, es posible que en este entorno sea más aún la “rara avis” de las utopías cotidianas pero estoy seguro que alguna vez nos hemos encontrado personas así, incluso diría que no solo en las empresas sino entre la clase política con responsabilidades de gobierno. En fin, quiero mantenerme en es número reducido que apuesta por la esperanza. Con esta esperanza, que me esfuerzo en seguir alimentando, intento reponerme a los achaques manteniendo algunos retos para desafiar las estadísticas, con mucha ilusión y espero que no demasiada ingenuidad, me enfrentaré un año más a la RDLF (ruta de las fortalezas), sudaré los cincuenta kilómetros que recorren algunas de las baterías de costa que rodean Cartagena y, sin compararme con los que alcanzan el techo del mundo, seré feliz al vivir una de mis pequeñas utopías cotidianas.   

NEGOCIAR, SI SE PUEDE.

En todos los ámbitos de la vida nos enfrentamos a negociaciones, algunas personales y cotidianas para adquirir hábitos saludables, y otras que pueden afectar incluso al orden mundial, como el último acuerdo del consejo de seguridad de la ONU. El caso es que negociar es intrínseco al respirar y, sin embargo, requiere un arte para el que no siempre estamos preparados.

Comparto esta reflexión tras superar una semana donde he estado algunos días “fuera de combate”, todo por una afección bastante común como es un simple vértigo cuyas causas no están claras, me cuentan que puede ser un problema de cervicales, que puede estar relacionado con el oído o ser la derivada de una crisis de tensión no resuelta de forma adecuada. El caso es que hace un par de sábados, al levantarme, todo comenzó a girar a mi alrededor, sin posibilidad de control ante una situación sobrevenida que no admitía negociación alguna.

Durante este tiempo, en el desarrollo del episodio que fue tornando a serie por su excesiva duración, mi movilidad ha estado bastante limitada, sin embargo, he ganado tiempo para el trabajo sosegado, la lectura profunda y una práctica de la paciencia, virtud que nunca está de más cultivar. A propósito de uno de los libros de cabecera que tengo entre manos, “El valor de la escucha para el buen gobierno” de Jaime Sanz Santacruz, acudieron a mi memoria vivencias  de negociaciones antiguas afrontadas con intensidad, algunas sobre cuestiones que tendrían cierta relevancia entre personas cercanas.

No voy a entrar en detalles más allá de compartir algunas conclusiones que puedan ser de utilidad. En primer lugar, hay un límite infranqueable que nunca se debería rebasar y es el respeto a la dignidad, como derecho inherente e inalienable de la persona simplemente por el hecho de ser humana, reconocida por el Tribunal Constitucional como valor jurídico fundamental, espiritual y moral. Habrá atributos a los que este concepto se les asigne por extrapolación como el salario, la vivienda o las condiciones de vida, pero dignas solo son las personas y estas son las que pueden revestir de dignidad el resto de aspectos relacionados con su vida, con independencia de su cuantía o valor.

Otra cuestión que no es negociable por simple mayoría son las reglas del juego ni los límites del “tablero”. Siempre debemos asignar un marco, al que es recomendable llegar por consenso, y establecidos estos márgenes acordar entre las partes la forma de jugar. Es importante clarificar conceptos antes de dar el pistoletazo de salida porque después, mientras discurre la carrera hacia la meta no se puede perder el tiempo en discutir si unas actitudes son más “populistas” o simplemente “emocionales”, pues al fin y al cabo son distintas formas de expresar un mismo sentimiento y ahí no debería estar el objeto de la negociación.

Para concluir, volviendo al libro del buen gobierno, será fundamental mantener en todo momento el agradecimiento a la escucha, la generosidad en el ceder, la humildad del poder y el servicio de quien tiene la autoridad.

LA FRUSTRACIÓN NO ES EL FINAL, NI ALGO EXCEPCIONAL.

Es un estado de total normalidad en nuestra vida cotidiana. ¿Acaso es realista pensar que podemos ser los mejores todo el tiempo? 

La realidad no depende de cómo la percibimos cada persona, aunque es cierto que sí importa nuestra percepción para ser capaces de gestionarla de acuerdo con nuestros intereses. 

El entorno proporciona la medida del éxito, si nos referimos al conjunto de la sociedad o en la vida profesional, y puede ser determinante del grado de frustración. En cambio cuando hablamos de entorno familiar o de nuestro propio crecimiento personal, en especial lo que a nuestra vida interior se refiere, este parámetro cambia de forma muy favorable. Recordemos la expresión budista “no es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita”.

Para gestionar esta influencia del entorno, que normalmente tendrá una importante componente emocional, es fundamental haber entrenado previamente la fortaleza que se cultiva durante nuestro crecimiento en el núcleo familiar y conforme vamos desarrollando una interioridad potente. Según sean más compactas estas raíces más resistencia vamos a presentar cuando se generen las tempestades en la superficie.

La frustración es una consecuencia de no asumir que tenemos unas limitaciones, inherentes a nuestra naturaleza humana. Es conveniente reconocer que la perfección no se alcanza nunca, manteniendo domado nuestro orgullo, aunque sí podemos alimentar una ambición sana, enfocada hacia una referencia concreta, que nos sirva para ir alcanzando distintos grados de excelencia. No se trata de estar constantemente comparándonos con los demás sino de trabajar para lograr el “objetivo”.

A veces percibimos la meta al alcance de nuestra mano y por la precipitación nos metemos de lleno en el charco que había justo a nuestros pies. No parece profundo y no debería suponer una barrera infranqueable pero puede embarrarnos y no ser capaces de salir en un tiempo prudente, incluso podríamos quedarnos ahí, revolcándonos en el envolvente lodo, olvidando el hito que perseguíamos.

Tranquilidad y paciencia. Si fuera necesario, no dudar en aceptar la mano que nos tienden con la firme decisión de recuperar el camino y poner atención para continuar.

Seguiremos avanzando con confianza fortalecida y con la esperanza de poder saltar la próxima vez o ser capaces de rodear el charco. Y, si no fuera así, ¡aprovechar la experiencia para salir antes! La frustración, como los charcos en el camino, no es algo excepcional y mucho menos debe ser el final de nada.

EL UMBRAL DEL DOLOR (-DE ERROR-)

Es frecuente escuchar la expresión “hay que salir de la zona de confort”, la sociedad y, por tanto, cualquier organización debería facilitar, incluso animar, a las personas para que exploren su “periferia” porque puede ser una vía de crecimiento, una oportunidad de desarrollo de un proyecto o el caladero de nuevos clientes.

Remontándonos a la historia del Éxodo, en la Biblia, el pueblo hebreo, liberado de la esclavitud de Egipto, se rebeló contra Moisés porque asumir el coste de la libertad y adentrarse en su marcha por el desierto les supuso renunciar al “acostumbramiento” de la olla de carne y el pan que recibían, a cambio de su trabajo.

¿Quién dijo que vivir en libertad y asumir riesgos fuera sencillo? En la vida, como en el ámbito profesional, hay quien prefiere mantener una seguridad que le proporcione un nivel de vida predecible a largo plazo antes que arriesgarse a la aventura y experimentar hasta alcanzar su umbral de dolor -de error-

Ambas elecciones son respetables siempre y cuando se mantenga el compromiso con la misión y sin perder de vista el propósito, pues sin estas premisas la opción conservadora nos podría llevar a un adocenamiento envuelto en una pátina de mediocridad, y la segunda nos abocaría a un abismo incontrolado.

La libertad no está reñida con el orden ni con la obediencia, pues la base de los actos libres siempre estará soportada en la voluntad. Voluntad para hacer y, por qué no, para obedecer. Además la libertad será más plena si está alumbrada por el conocimiento y la experiencia, ya que ambas dimensiones mejoran nuestro criterio de elección.

 Desde el punto de vista antropológico, el ser humano se distingue por disponer de unas habilidades para actuar con su cuerpo, en orden a la razón, al conocimiento y a las virtudes adquiridas mediante el hábito, con esfuerzo y obediencia. Pero existe también el deseo o la tendencia de alcanzar objetivos y para ello es capaz de superar ese umbral del dolor, o del error, porque como sucede con el “sueño americano” si no has fracasado lo suficiente nunca estarás seguro de haber llegado al máximo de tus posibilidades. También sucede en el ejercicio físico de fuerza, si no llegas al peso de “rotura” no conocerás tu RX. Si no das el salto a la periferia no conocerás el mundo, ojo, ¡siempre sin perder el alma!

CONTIGENCIAS ANTE EL MURO, ENSEÑANZAS DE UNA CAIDA.

La vida transcurre como una serie de acontecimientos cotidianos, hasta que un día
nos encontramos frente a un muro, esa barrera que pone a prueba nuestra capacidad
de superación. Este fenómeno se refleja también en proyectos a largo plazo, donde la
novedad que impulsaba las primeras etapas se disipa y se alcanza una meseta de
rendimiento constante.
En equipos consolidados y de alto desempeño, las barreras no son ajenas. Al igual
que el kilómetro 31 en una maratón, surge ese umbral crítico que desafía la fortaleza
psicológica, generando dudas sobre la posibilidad de alcanzar la meta. En estos
momentos, el corredor —o el equipo— se enfrenta a su propia vulnerabilidad.
Es aquí donde la experiencia se torna nuestra aliada. La creatividad se convierte en
una herramienta esencial para optimizar recursos y proponer soluciones disruptivas
que permitan superar el momento crítico. Esta coyuntura nos invita a despertar al
héroe interior: a reconocer nuestras debilidades para empatizar con las ajenas, a
analizar errores pasados y a extraer enseñanzas que guíen el camino hacia adelante.
Como sostuvo C.S. Lewis, defensor a ultranza de la creatividad y voluntad para
superar en cada tiempo y lugar las pruebas que vamos afrontando: “Las dificultades
preparan a menudo a una persona normal para un destino extraordinario”
En tiempos de crisis, los efectos contingentes generan costes imprevistos, elevan el
nivel de riesgo y amenazan con comprometer el éxito planificado. Estas señales
suponen una llamada urgente a la acción: activar nuestras reservas, reactivar recursos
infrautilizados por la inercia y cohesionar al equipo para encontrar la mejor vía de
escape. Este proceso pondrá a prueba nuestra resiliencia y capacidad de sufrimiento,
así como el aliento que nos proporciona un necesario optimismo, porque en palabras
del psicólogo Martin Seligman: “La vida inflige los mismos contratiempos y tragedias al
optimista y al pesimista, pero el optimista las resiste mejor”
Puede llegar un punto en el que, tras liberar el lastre acumulado, apenas nos
reconozcamos. Pero desprendidos de toda la carga innecesaria seremos capaces de
tomar el impulso necesario para ascender nuevamente. Como en una montaña rusa,
la realidad nos eleva y descendemos al llegar a la cumbre; entre tracciones lentas y
caídas vertiginosas, somos testigos de nuestro propio ciclo de superación.
En este vaivén, la perseverancia es nuestra brújula. Cada etapa dará testimonio de
nuestro aprendizaje y compromiso con el propósito que guía la misión. Cuando la
motivación flaquea, y la pasión parece enterrada, es momento de recurrir a las virtudes
humanas que hemos ido cultivando en la larga travesía de nuestra vida ordinaria. Las
habilidades cultivadas y la confianza en la generosidad del equipo serán los dos
pilares que encontraremos sosteniendo el cartel de META, que nos confirmará, al
atravesar la línea de llegada, que hemos cumplido nuestro objetivo.

A VUELTAS CON EL LIDERAZGO.

Vuelvo por estos lares, después de mucho tiempo, compartiendo una idea sobre liderazgo y la necesidad de respetar y fomentar las “decisiones en soledad”. Estos días ha sido criticada por clasista la expresión de una política al aludir al trabajo de “una limpiadora de escalera”, justificando ella el uso de este ejemplo para poner de manifiesto un trabajo muy digno pero mal remunerado. Sin entrar en juicios de valor, me sirve el ejemplo para insistir en la importancia de fomentar que todos los integrantes de un equipo deben asumir “decisiones en soledad”: ¿cómo se evaluaría el trabajo de esta persona, en función de que decidiese recoger, o no, unos papeles que quedan fuera del portal que da acceso a la escalera? Excede del ámbito de su estricta responsabilidad, pero no tomar esa decisión generará una mala imagen que alcanzará a la propia gestión de la empresa.

Ante un escenario incierto, en una sociedad que está evolucionando del estado líquido al gaseoso, seguimos hablando de liderazgo como un “rol” exclusivo, que opera en un plano superior al del resto de la organización, asignándole un poder, que roza a veces lo sobrenatural, cuya intención es transformar incluso el sentir del individuo perteneciente a la organización, no conformándose con gestionar el modo de trabajo y reconocer las competencias diversas de los miembros del equipo, asumiendo que cada uno es único en su manera de sentir.

La naturaleza de la persona humana dispone de una dimensión interior, en la que reside la soberanía más íntima de su libre albedrío, que “anima” todas sus acciones y hace posible el desarrollo del resto de sus capacidades: funcionales, intelectuales y psicológicas.

Hace un par de semanas leía un artículo de Xavier Marcet, titulado “La soledad del mánager” (Sintetia), que asigna al líder la virtud de reconocer que “la soledad de la última palabra se aloja en el alma”. Estoy de acuerdo, aunque pienso que esta cualidad debería trabajarse también con todo el equipo.

En un mundo donde impera la tendencia a la “polarización” y al “etiquetado”, entiendo el liderazgo como la capacidad de fomentar en todas personas esta mirada a su interior, activando su responsabilidad para tomar “decisiones en soledad”, con la convicción de estar contribuyendo a la misión del equipo y esforzándose en no perder de vista el propósito de la organización.