Cuando
le cuento a mis hijos anécdotas de la infancia, en aquellos veranos en el
campo, piensan que exagero y que esas vivencias pertenecen a los libros de
historia.
Mis
primeros recuerdos de las vacaciones estivales se remontan a los inicios del
último tercio del siglo pasado, claro, ¡cómo no les va a sonar a novela!
Nací
en el noroeste de la Región de Murcia y los veranos los solía pasar con mis
abuelos, en una pedanía de Caravaca de la Cruz, Los Royos, situada en el último
rincón de esta Región, una esquina entre las provincias de Almería y Granada.
Mis
primeros recuerdos de aquellos veranos transcurren en calles empedradas sin
alumbrado público, porque no llegaba hasta allí el tendido eléctrico ni la red
de telefonía, tampoco había agua potable en las casas ni alcantarillado,
servicios urbanos que fueron llegando avanzados los 70.
En
aquellos tiempos y en aquel lugar, nadie se planteaba si esa forma de vida era
sostenible o no, simplemente se vivía de acuerdo con las circunstancias: el
agua para beber se almacenaba en tinajas o cántaros, que se llenaban en la
fuente del pueblo, la colada se hacía en el lavadero público, junto al
nacimiento de agua, que servía también para el riego de la huerta y como
abrevadero del ganado, los desplazamientos habituales se hacían a pie o en
“burra” (se utilizaba ese nombre, ni asno ni pollino), aunque había algunos
tractores y algún coche no todas las familias disponían de uno, y, por
supuesto, para viajar a la ciudad el modo más empleado era en autobús
(popularmente conocido como “correo”, supongo por el uso que se le daba para la
mensajería): uno de ida, a las 7:30 y otro de vuelta a las 14:00. Hoy no existe
ya servicio público de transporte. El centenar de casas que hay en el pueblo
estaban habitadas todo el año y en verano llenas a rebosar. Hoy ya se ha
cerrado el colegio y apenas quedan cinco familias en los meses de invierno.
La
economía de la zona se basaba principalmente en el cultivo de cereales y la
ganadería ovina. Los grandes rebaños de ovejas contaban con un reducido grupo
de cabras, para consumo propio de leche, había pequeños huertos de hortalizas,
regados mediante una red de acequias que se derivaban del manantial del pueblo
y las casas contaban con su correspondiente corral donde se criaban el cerdo,
las gallinas y los conejos para el uso doméstico.
Este
año volveré a pasar allí parte de mis vacaciones y aunque sigue siendo un
pueblo tranquilo, donde puedes salir al campo durante horas sin encontrarte con
nadie, la forma de vida ha cambiado sustancialmente. En todas las casas hay
televisión, existe cobertura 4G de telefonía móvil, por lo que la información
llega tan rápido como a cualquier parte del mundo, y coches a disposición. Lo que
no se conserva, prácticamente en ninguna casa, son el corral, los animales,
para consumo, ni los huertos, con las hortalizas de temporada. Son casi todas,
viviendas de segunda residencia que durante la mayor parte del año están
cerradas. Yo me fui a estudiar a la universidad y mi vida fue por otros
derroteros, pero los que siguen viviendo del campo o de la ganadería en la zona
también cambiaron sus hábitos y, más allá de su ocupación laboral, tienen
hábitos de vida similares a los urbanitas, cada día se desplazan, ida y vuelta,
los 30 km que separan esta aldea del núcleo principal del municipio.
Los
ganaderos y los agricultores disfrutan de subvenciones que les llegan a través
de los organismos autonómicos procedentes de la UE. Se subvencionan muchos
conceptos, por ejemplo, plantar un tipo determinado de cultivo, dejar parte de
la cosecha sin recoger para fomentar el desarrollo de las aves esteparias, limitar
la producción, el cultivo ecológico, etc. Todo esto contribuye a la mejora
económica del sector y, al mismo tiempo, se favorece el desarrollo social y se intenta
preservar el medio ambiente, en cambio, afecta negativamente al mantenimiento
de los hábitats tradicionales de cada territorio por lo que veo incierta la
sostenibilidad real, a largo plazo, de este sistema.
La
despoblación de zonas rurales, en los países desarrollados, y la sostenibilidad
tradicional es un problema global. Hay lugares del mundo donde los pueblos que
eligieron mantener sus tradiciones tampoco lo están teniendo fácil. De este
complicado equilibrio, entre la tradición ancestral y la ecología moderna,
habla Marine Gauthier en su artículo publicado en El País, en julio de 2017. La
historia recoge el testimonio de dos personas de mi edad, 50 años, Ganbat y
Tumursukh, que nacieron en el mismo pueblo, en plena taiga mongola. Ambos
dedican sus esfuerzos a conservar este bosque boreal desde perspectivas muy
diferentes.
Ganbat,
junto a su esposa y su familia, es el hombre de más edad de los que viven en el
campamento, se ha quedado en el bosque, donde vela por los suyos y sus antiguas
tierras, intenta seguir con la antigua tradición se su pueblo, muy anterior a
la propia existencia de Mongolia. Esta misión de dar testimonio de su amor y
respeto por la naturaleza la desarrollan sobre un rico subsuelo, sin
interesarse por él. Es un dukha, una de las etnias menos numerosas del mundo,
que agrupa a unas 250 personas. Se instalaron definitivamente en Mongolia
cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial porque el cierre de las fronteras les
pilló en ese lado, aunque sus antecesores tenían la costumbre de emigrar adonde
deseasen.
Tumursukh,
mongol, la etnia mayoritaria, se fue a la capital a estudiar y se convirtió en
alto funcionario del Estado. Es responsable de las reservas naturales de la
región, lucha día y noche contra las amenazas sobre la taiga, cuyas riquezas
mineras la hacen sensible a la codicio de la industrialización. En 1987
consiguió crear la primera zona protegida y salvar parte de la región de
Hovsgol de la explotación minera. Se lamenta por la falta de compresión hacia
su trabajo, por parte de los dukhas.
Tumursukh
ha buscado recursos para dotar a los guardias de motos adecuadas para una mejor
vigilancia, en cambio los dukhas consideran que el ruido asusta a los animales
y les acosa mucho más que la caza que puedan realizar ellos para su
supervivencia. Por el contrario, ellos usan motosierras para generar claros en
el bosque, cortando los árboles más viejos y usándolos para calentarse y para construir
sus poblados temporales y corrales para los renos, que luego abandonan cuando
emigran buscando musgo nuevo para su ganado de renos. Ganbat piensa que la
solución oficial para la preservación no es la más adecuada, se lamenta que
nadie les haya preguntado, piensa que podrían haber trabajado juntos. Hay falta
de consenso y perspectivas muy diferentes para afrontar la conservación de la
Naturaleza.
Dos
años después de la publicación de Gauthier, Zigor Aldama vuelve a viajar en
busca de esta tribu, también conocidos como tsaatan, y publica un nuevo artículo
en El País, el 18 de enero de 2019, un artículo sobre el choque de sus
costumbres contra la ecología que defiende el gobierno de Mongolia.
En
el artículo describe como se vislumbran algunos cambios, la mayoría de las
familias cuenta con placas solares que proporcionan energía suficiente para
alumbrar y para entretener a la familia frente al televisor. Han sustituido las
pieles que usaban para forrar el tipi por telas y plásticos que mejoran la
impermeabilización.
Mongolia
aprobó en 2014 una ley para proteger el patrimonio cultural, para compensar las
restricciones impuestas a estas comunidades indígenas, el Gobierno destina una
subvención en torno a 55 euros mensuales, que ellos estiman que no es
suficiente. Muchos adolescentes salen para estudiar y no vuelven. Otros están
derivando su modo de vida a la producción de artesanía, e incluso bajan en los
meses más cálidos hasta el lago Khovsgol para estar cerca del turismo, lo que
les llega a proporcionar ingresos extras por dejarse fotografiar e incluso
montar a los renos.
Comprobar como se repiten las mismas secuencias en entornos tan distintos y alejados confirma el efecto de la globalización y la complejidad para alcanzar un equilibrio entre protección de entornos naturales y preservación de las costumbres tradiciones. La consecuencia más evidente es el vaciado de las zonas rurales y el crecimiento exponencial que están experimentando las zonas urbanas. Que las grandes organizaciones mundiales, dedicadas a preservar la ecología y frenar el cambio climático, sigan poniendo su atención sobre estas restricciones de los usos tradicionales me hace pensar que se está fallando en el enfoque del problema.