Esta mañana, en mi ruta matutina, desde “mi atalaya particular” dedicado a la contemplación mientras mi pastor alemán corre por el monte, divisaba Murcia envuelta de nuevo en la niebla, que ya es una constante habitual.
Así como otros días se distinguen perfectamente las quemas en diversos puntos de la huerta, hoy no apreciaba este fenómeno, no se si porque no era la causa o porque este domingo he salido algo más tarde de lo habitual, y ya se habían diluido los puntos de emisión entre el espesor gris que difuminaba el contorno de la ciudad. Digo gris porque soy daltónico y tampoco aprecio bien matices de algunos colores, perfectamente podría ser amarillento o marrón, ahí suelo ser bastante inexacto.
Hace tiempo que no escribía en este blog, que inicié hace unos meses para compartir inquietudes, ideas y conclusiones particulares sobre la sostenibilidad de la vida, así en general, sin concretar una línea específica.
Durante el camino de vuelta a casa repasaba las imágenes que vengo presenciando últimamente: restos de baldomeras que han quedado esparcidas a lo largo de la mota del Segura entre Archena y Ulea, lugar que frecuento en mis caminatas; miles de peces muertos o agonizando en una playa del Mar Menor; montones de botellas y bolsas de plástico, que se mantienen esparcidos por el monte que rodea el Campus de Espinardo, de las novatadas de cada año; superficie vallada y talada en las lomas de Agridulce, donde meses antes había un vergel de naranjos y un espacio por donde podías caminar; y así otras imágenes difuminadas entre la realidad y la virtualidad de las redes sociales, que nos inundan de forma constante.
Y me pregunto: ¿qué puedo hacer yo?, ¿qué solución, entre las muchas que se proponen, es la más adecuada?, ¿por qué la mayoría de las voces se centran en el linchamiento de los políticos, antes de documentarse sobre las verdaderas causas, las soluciones más adecuadas y quién tiene las competencias para llevarlas a cabo?
La respuesta es clara: sólo se que no se nada. El problema no es que yo no sepa nada, al fin y al cabo, sólo soy una persona con disposición para trabajar. El principal problema es que tampoco soy capaz de identificar una autoridad fiable en esta cuestión, siempre actual, de urgencia social, que certifique causas y acciones concretas, aplicables a territorios y grupos sociales determinados, indicadores para ir midiendo el grado de consecución de los objetivos, etc.
Sobre el último episodio, que inunda las redes sociales, con imágenes de la naturaleza agonizante a orillas del Mar Menor, espero que más pronto que tarde tengamos un informe solvente, desde el punto de vista científico, que arroje luz sobre las causas y sobre los pasos a dar: concretos, delimitados en el tiempo y con los indicadores de seguimiento.
Sin más conocimiento que el sentido común y la intuición, si la muerte de esta multitud de peces que ha tenido lugar en los dos últimos días se circunscribe a una playa, la causa de esta catástrofe local supongo que será por una acción concreta y puntual que no obedece a la situación general de emergencia que está sufriendo el Mar Menor, sin ánimo de quitar gravedad al asunto.
Este fenómeno, más allá de la alarma social generada por el impacto de las imágenes, no será prioritario en las agendas de los responsables nacionales, europeos ni organizaciones del ámbito mundial. No tenemos “influencer” capaz de atraer la atención más allá de nuestros límites locales y regionales.
Mi preocupación también se extiende al largo plazo y sobre la totalidad del planeta pues, si en un ámbito tan local, donde nos toca directamente de forma personal, somos incapaces de escuchar a las voces autorizadas porque ni ellas mismas son capaces de llegar a un consenso, no confío en que podamos resolver problemas de ámbito general, reflejados en números y estadísticas, donde las organizaciones con responsabilidades diversas en materia medioambiental y con autoridad para desarrollar normas y aplicarlas en los distintos territorios y ámbitos de la sociedad, se limitan a considerar cifras en vez de personas, vidas individuales, cuyo valor transcendente particular es comparable al del conjunto del planeta que habitan.
Ayer, 12 de octubre, en el desfile de las Fuerzas Armadas en Madrid, un incidente atrajo el mayor protagonismo de la jornada. La profesionalidad y habilidad del paracaidista, y de los compañeros que reaccionaron para solventar el incidente, hicieron posible que este hecho quedase en una anécdota sin consecuencias que lamentar. Pero, no siempre está en nuestra mano, en las manos de las personas, evitar accidentes fatales difíciles de prever. Sobre esta cuestión, alguien en redes sociales se felicitaba así: “sólo en las dictaduras estas exhibiciones militares resultan perfectas”, y he de reconocer que estoy bastante de acuerdo con la afirmación, no porque en regímenes totalitarios las personas sean perfectas, sino porque el control es férreo y solo se muestra aquello que se quiere mostrar.
En estos días de “precampaña”, que llevamos viviendo desde hace años, escuchaba a una representante política que lleva toda la vida desempeñando encargos relevantes (diputada regional, diputada nacional, diversas carteras ministeriales, presidenta y vicepresidenta de la Cámara del Congreso) decir que su compromiso firme e inalterable es con la sociedad del bienestar. Esas palabras, escuchadas en las ondas radiofónicas, me confortaron en aquel momento, después de dejar a mis hijos en el colegio, cuando me dirigía al trabajo, como cada día. Este fin de semana, en cambio, cuando mi mente descansa de la rutina diaria y mi espíritu crítico emerge con más fuerza, sus declaraciones comienzan a despertarme desasosiego.
Quizás, el problema actual radica precisamente en esa “sociedad del bienestar”, convertida en objetivo central de la ideología capitalista, que sólo se diferencia en los medios a emplear para lograr el “bienestar social”, que persiguen otras ideologías igual de “radicales” de signos opuestos, y cuyo fin principal, en todos los casos, estriba en aletargar las mentes y las voluntades para tener el “poder” sobre una población manipulable.
La Naturaleza, en cambio, no es siempre manipulable ni obedece al “bienestar conceptual de teorías sociales”. Que el ser humano pertenezca a la naturaleza no es su cualidad más importante, al ser ésta una característica común al resto de seres vivos. A diferencia de éstos, sí es determinante su participación de la “obra creadora”. Con el trabajo y con la ayuda de los medios técnicos, somos co-responsables del destino de nuestro planeta. En cosmología el principio antrópico establece que cualquier teoría válida sobre el universo debe ser consistente con la existencia del ser humano. En el Génesis 2, 8-15, se lee que el hombre recibe el encargo de cuidar y trabajar “el jardín de Edén”, la Naturaleza, con el fin de protegerlo y hacerlo fructificar, mediante su trabajo, para la humanidad y su descendencia. Quizás sea el momento de revisar como estamos ejerciendo este encargo y en qué aspectos concretos del “bienestar” lo hemos centrado. Convendría hacer recuento de los errores cometidos, fruto del mal empleo de la libertad, del mal empleo del conocimiento y de los recursos, de la imposición de voluntades totalitarias o democráticas. Pienso que es necesario y positivo recordar que “el desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, pues sabemos que las cosas pueden cambiar” (Punto 13. Carta encíclica Laudatio Si. Papa Francisco).

Me encanta cómo escribes Seve, tan transparente, mostrando tú gran interior, parece que te estoy oyendo en vez de leyendo…. Sigue así amigo!
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