Un día, allá por los quince, comprendí que era un buen momento para adoptar posturas radicales, que exigían compromiso personal con intención de permanencia.
Cada ser humano tiene la posibilidad de ahondar en su interior hasta entender quién es, conocer su identidad, su naturaleza, la “esencia” que permanece con el paso del tiempo y le pone en disposición de ejercer el más alto rango de la libertad, su propia entrega sin reserva.
En una sociedad hiperconectada Byung-Chul Han llama la atención sobre un cambio de paradigma en la comunicación, que deja de ser un medio necesario para convertirse en un fin en sí misma. La inercia de ruido que genera nos lleva a una adicción de la exposición sin reserva, que acaba enterrando la identidad personal del individuo.
Vivir la coherencia del compromiso y recuperar el derecho al “silencio”, como custodia de la vida interior que alberga lo más sagrado de la persona, no simplifica la existencia sino que nos permite descubrir nuevos matices de un horizonte más nítido. El carácter se va forjando mediante valores que suponen un fundamento para la acción responsable y nos permiten el dominio en el ejercicio de la libertad, ascendiendo en el rango de los seres creados hasta alcanzar el nivel de criaturas con capacidad de decisión propia.
Trabajar esta resistencia que nos propone Han supone ejercitarse en la vida contemplativa que puede hacerse extensiva a todas las dimensiones del ser humano. Este aprendizaje conlleva ir adquiriendo unas virtudes propias que nos definen y nos permiten, a diferencia del resto de la Creación, convertirnos en únicos e irrepetibles con capacidad de relacionarnos, formando una sociedad diversa y llena de matices.
Esta reflexión está en línea con la respuesta que dio el cardenal Ratzinger en su libro, La sal de la tierra, al ser preguntado sobre los caminos que existían para llegar a Dios, y con la claridad y sencillez que caracteriza a los sabios, afirmó: «tantos como hombres». En este sentido se pronunciaba también san Josemaría Escriva, en una carta firmada en mayo de 1945, al reconocer que no es posible «ofrecer fórmulas prefabricadas, ni métodos o reglamentos rígidos» en una relación entre personas.
Conforme va emergiendo la auténtica esencia que nos diferencia de los demás se hace más necesaria la escucha y el respeto, que requieren “una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada”, comenzando por “desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato” poniendo esfuerzo en “aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación”, tal y como nos proponía hace unos meses León XIV en su mensaje para el tiempo de Cuaresma, extensible a cualquier periodo del año.
