Ante un futuro imperfecto conviene estar vacunados contra la frustración.

El grave accidente ocurrido en nuestra red ferroviaria, nueve meses después de otra tragedia de similar magnitud, arroja un futuro imperfecto para muchas personas heridas de gravedad y una multitud de familias afectadas por la pérdida de personas queridas que han fallecido de forma trágica.

Por más que se aporten datos para vestir de racionalidad unas cifras, la excepcionalidad de estos eventos no debería servir para diluir la responsabilidad. Nuestras infraestructuras, que hace algunos años eran objeto de orgullo, hoy nos producen una profunda desazón. Ante una tragedia semejante, aquel orgullo se transforma en una pesada losa y el futuro parece más imperfecto que nunca.

Ocupar un segundo puesto a nivel mundial, y ser los primeros de Europa, según recoge el informe de la Unión Internacional de Ferrocarriles (UIC) donde China lidera el ranking de la alta velocidad, operando 40.493 km, y España, con 3.993 km, se sitúa por delante de países como Japón, Francia o Alemania, solo es una fría estadística que se clava como un punzón en nuestras entrañas cuando sufrimos golpes de esta magnitud.

Miguel Sánchez Robles, en su columna semanal “Este humano desorden” de La Opinión de Murcia, hablaba de los jóvenes que no encajan en el mundo actual porque persiguen su sueño a través del arduo camino del aprendizaje, haciendo lo que aman aunque no esté de moda, buscando conocer la verdad aunque hoy no les asegure el éxito. El escritor sugería que la derrota muestra a veces la mejor versión de nuestra dignidad, frente al relato que solo busca maquillar la realidad.

Bajo una dimensión más trascendente y humanista, reconociendo la necesidad de seguir impulsando el desarrollo tecnológico supeditado al servicio de la persona y el bien común, puede confortarnos reconocer que nuestro tránsito por esta vida es finito y la línea de llegada no está determinada con precisión. Quizás sea un buen momento para contemplar estas consideraciones, que los católicos meditamos especialmente durante el mes de noviembre, dedicado a las personas difuntas, los santos y las ánimas del purgatorio. Os aseguro que a pesar del dolor humano supone un refuerzo a nuestra esperanza.

Mientras suceden estos acontecimientos quizás sea de utilidad descubrir el valor inestimable de cada instante reconociendo que somos objeto de un amor inmenso por parte de quien nos quiere. Ojalá no sea una utopía mantener esta disposición en el tiempo y poder extrapolarla a todos los ámbitos de nuestra vida.

Conviene estar vacunados contra la frustración y recuperar la pirámide de la excelencia, que sitúa en la cúspide a la esperanza en el bien común y relega a la base lo que más abunda, que en una sociedad degradada suele ser la mediocridad aderezada con ideología.

Publicado por Sostenibilidad Vital

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